domingo, agosto 26, 2012

Déjate capturar: Capítulo 2

Hello, my beautiful ladies,

Aquí os traigo el segundo capítulo de "Déjate capturar". En él empezamos a conocer al tercer chico en discordia y se presenta brevemente la chica que los traerá de cabeza. También conocemos a otros personajes que serán bastante importantes en los próximos capítulos. 

Pues bien, no os entretengo más, que sé que estáis deseando empezar a leer. 

Un beso grande, ¡a leer!


Capítulo 2


Phelan conducía de camino a las tierras de su manada, que se encontraban en el bosque de Elwood, llamadas así gracias al Anciano que las había adquirido. Nada más y nada menos que el abuelo del que le había hecho la vida imposible durante los quince años que había pasado allí. Cada vez que pensaba en él, Phelan sentía una oleada de odio llano y puro. Aferrando las manos al volante lanzó un largo suspiro. Hacía más de cinco años que había dejado Elwood para no volver y, sin embargo, ahí se encontraba: conduciendo su mustang hacia su peor pesadilla.

Si no fuera porque era la boda de su mejor amigo, quien se casaba “casualmente” con su hermano, jamás habría pensado en ir. Pero Connor había insistido tanto que no había sabido negarse. Phelan se recriminó de nuevo el infame momento en el que decidió presentarlos.

Lyall, su hermano, había ido a la universidad donde estudiaba Phelan a visitarle y echarle un ojo para que la madre de ambos, una nerviosa mujer de nombre Ebony, se quedara tranquila. Ya que Phelan, su pequeño, insistía en que los estudios eran muy duros y no tenía tiempo para gastar en un viaje de ida y vuelta. Así pues, Phelan pensó que la presencia de Lyall pasaría sin ton ni son, pero no fue de ese modo.

Nada más llegar, Lyall revolucionó la universidad. Había que comprender que el lobo medía más de metro ochenta y que su cabello rubio y su dentadura perfecta eran para cortar el hipo, pero de ahí a que en menos de doce horas todo el campus supiera su nombre y de quien era hermano; eso era pasarse de la raya.

Si bien cierto era que Phelan no intentaba destacar, también sucedía que no era un desconocido, y que tenía sus amigos y hasta algunos admiradores. No obstante, lo de Lyall fue como si hubiese llegado la última celebridad de Hollywood. Todos querían saludarle, ser sus camaradas y salir con él. Menos de veinticuatro horas después de la llegada de Lyall, Phelan se vio asediado por compañeros con los que nunca había hablado y algunos a los que jamás había visto de camino a su siguiente clase. De pronto, chicos que se metían con él e incluso chicas que lo rechazaron, le cedían sus lugares en clase, le prestaban lo que fuera que necesitara y alguno que otro había intentado invitarle a comer. Por supuesto, Phelan a la mínima oportunidad huyó despavorido.

Pese a todo y aunque un poco traumático, aquello no había sido lo peor. ¡Ah, no! Lo peor, sin duda, había sido cuando cansado, agotado mentalmente y casi desfallecido entró en la cocina del piso que compartía con su mejor amigo Connor a beber agua y se los encontró a éste y a su hermano jodiendo sobre la mesa como puñeteros conejos. Phelan aún no comprendía como la pobre tabla de cuatro patas se sostenía en pie.

Que después vinieran las explicaciones, los sonrojos de Connor cada vez que le miraba y la sonrisa deslumbrante de Lyall, fue cosa de poco tiempo. Y todavía menos tardó su hermano en reclamar como pareja a Connor, lograr que éste dejara la universidad y que se mudase con él. Casarse sólo era el trámite siguiente.

Al menos su mejor amigo era feliz con Lyall, y aunque Phelan no tenía la mejor de las relaciones con su hermano mayor, se alegraba por los dos. Sólo esperaba que las cosas cambiaran cuando Lyall asumiera la posición como Beta dentro de algún tiempo, y que él pudiera ir a visitar a su madre y a su mejor amigo sin que el idiota del hijo del Alfa le fastidiara a la mínima ocasión.

La radio empezó a perder la señal y Phelan sintió más que vio al coche traspasar la línea de magia antigua que rodeaba a los bosques de Elwood. Casi había olvidado la sensación de poder que te sobrecogía al entrar en los límites de la manada. El estar tanto tiempo fuera había conseguido que la magia olvidase su esencia y al no reconocerlo lo advertía como si fuese un extraño. A los ojos de un humano aquello era lo mismo que la alarma de una casa: cuando accedías sin el permiso de los dueños, ésta empezaba a sonar avisando de que alguien estaba allí. Probablemente para cuando llegara al centro del pueblo, cada habitante estaría allí.

Genial, justo lo que necesitaba: una fiesta de bienvenida. A Silvester le iba a encantar.


Tras conducir durante una media hora más, el claro donde se encontraban las cabañas empezó a verse a lo lejos. Phelan aceleró, si tenía que enfrentarse a la manada mejor que fuera rápido. Las casas de madera parecían algo más viejas, pero permanecían iguales, no habían perdido su toque campestre. Respiró el aire limpio del lugar, y de pronto, recordó lo apacible y tranquilo que se vivía allí. Apagó el motor, puso el freno y expulsó un largo suspiro, descansando la cabeza contra el respaldo del asiento. Tal vez podría relajarse un poco antes de entrar al pueblo.

Pero la calma no duró mucho tiempo.

—Vaya, vaya, mirad a quién tenemos aquí: fenómeno Phelan[1]. —La voz despertó una sensación de temor en el estómago del recién llegado—. ¿Sigues sin poder cambiar, espantajo?

Phelan puso los ojos en blanco. Al parecer los insultos tampoco cambiaban. Resopló y bajó de su coche. Cerró con las llaves y se giró a enfrentar al hijo del alfa.

—Me alegro también de verte, Silvester.

Éste estaba rodeado de su grupo de amigos. O secuaces, depende del punto de vista. Phelan reconoció a Holly, su novia de siempre y ahora prometida; a Ashton, su sombra permanente; y a Nash, el matón del grupo.

—Vester, deja a mi hermano en paz.

Los cinco se volvieron hacia el que acababa de hablar. Era Lyall. Phelan sintió que el alivio lo embargaba. A pesar de que probablemente ni Silvester ni ningún otro le habría tocado un pelo de la cabeza, ya que seguía siendo el hijo del Beta de la manada, Phelan no tenía ni el ánimo ni las fuerzas suficientes para aguantar la sarta de insultos e improperios que habrían seguido de haber continuado la conversación.

Phelan se acercó a Lyall pasando por entre medio del grupo logrando que Nash golpeara su hombro.

—Ya te pillaré —rechinó entre dientes.

Phelan tragó saliva y llegó hasta su hermano, que le pasó un brazo por los hombros.

Había regresado.

Pero eso no tenía por qué hacerle feliz.


Deeann se bajó de su escarabajo blanco, cerrando el coche con llave. Inspiró y contempló su alrededor, admirando la calidad de los verdes que la envolvían. Sus ojos comenzaron a realizar fotografías mentalmente. Cada lugar al que miraba ofrecía una gama de posibilidades. Sonrió. Más le valía a los novios que les gustase posar, porque se encontraba en una fase de inspiración artística y cuando cogiera su cámara no iba a poder soltarla.

Asegurándose su mochila al hombro, se encaminó hacia el bar de carretera. Que era la razón por la que había parado. Tomaría algún refrigerio y luego continuaría su trayecto. Tenía muchas ganas de llegar al pueblo de Elwood. Connor, el chico que la había contratado, le había dicho que el lugar poseía un halo de magia que cautivaba al que lo veía. También le había prometido que le mostraría los alrededores. Se cercioraría de recordárselo.

Puso su mano en el pomo de la puerta de cristal y tiró. El marco de aluminio chirrió al abrirse. Un delicioso olor alcanzó sus fosas nasales y su estómago gruñó. Buscó un lugar en la barra y viendo una banqueta libre, se sentó. Pidió la carta y una camarera de aspecto aburrido se la proporcionó. Viendo las imágenes de las jugosas hamburguesas rodeadas de patatas fritas, su vientre se quejó de nuevo.

Decidió que se tomaría algo más que un tentempié.


Phelan fue llevado por su hermano a la que era su nueva casa. Sus abuelos se la habían regalado, mientras que la decoración interior había sido cosa de los padres de Connor. Suspiró y se preguntó si el día que se casase también le regalarían a él su propia cabaña.

Lyall no había parado de hablar acerca de la boda durante todo el trayecto. Protestando y echando pestes sobre los sinvivires de preparar la ceremonia. Phelan le escuchaba en silencio, con la mirada en el suelo, las manos en los bolsillos y una sonrisita tirante en su rostro.

—Si llego a saber todos los problemas que acarrea el casarse, nunca se lo habría pedido.

—Mentiroso —canturreó una voz que venía del porche delantero de la vivienda.

Phelan observó la construcción; estaba hecha con largos troncos de madera rústica, bruñida en el interior. El tejado a dos aguas[2] estaba fabricado con tejas de pigmento claro, que contrastaba con los listones de color oscuro rojizo del resto del inmueble. De un solo piso, la cabaña contaba con un soportal delantero y otro trasero, algo más pequeño. Y la ventana en la parte más alta, le decía que también tenía azotea.

—Es magnífica —dijo Phelan.

Connor sonrió desde lo alto de las escaleras, reclinado sobre el pasamanos.

—Sí que lo es. Los abuelos de Lyall han sido muy generosos.

El aludido subió los peldaños de dos en dos y abrazó a Connor por la espalda, dándole un suave beso en la nuca. Connor entrelazó los dedos de sus manos con los de Lyall. Phelan se rió al ver la emotiva muestra de cariño.

—Nunca pensé que diría esto —dijo Phelan negando con la cabeza caminando hasta llegar a dónde estaba la pareja—, pero no me dejáis más remedio. Felicidades chicos, me alegro mucho por vosotros.

Su mejor amigo sonrió aún más y le abrazó.

—Significa mucho viniendo de ti.

—Eso no quiere decir que os haya perdonado la escenita de la cocina.

Connor tuvo la decencia de sonrojarse, mientras que Lyall soltó una risotada. El primero le dio un codazo en el lateral, el hombre lobo puso un puchero y los tres acabaron riendo a carcajadas. Connor se sujetaba el estómago, a la vez que Phelan se limpiaba unas lágrimas de los ojos. Hacía tiempo que no se reía tan a gusto. Echó un vistazo al rostro de su hermano y vio con cuanto amor miraba a su mejor amigo. Eso calentó su interior y supo que ambos iban a ser felices.

De repente, Lyall frenó su risa y se quedó mirando un punto a lo lejos. Phelan y Connor le imitaron. Un amplio grupo de adultos de la manada llegaban en comitiva, pasando por el centro del pueblo y entrando en la casa común. Ésta era una gran edificación de una única planta y dentro solían celebrarse asambleas o reuniones con otros clanes, sólo permitiendo pasar a aquellos que estaban acoplados. También se utilizaba para realizar banquetes durante las fiestas y en estas ocasiones, todos estaban invitados.

—¿Qué ocurrirá esta vez? —preguntó Connor.

—No lo sé, pero voy a ir a averiguarlo —respondió Lyall. Besó en los labios a su pareja y se giró hacia Phelan —. Cuídale.

Phelan frunció el entrecejo, aunque asintió con la cabeza. Lyall saltó las escaleras y corrió hacia la congregación. Connor se puso entonces a la altura de Phelan, mirando cómo se cerraban las puertas de la casa común. Se cruzó de brazos.

—Es un asco que no me dejen entrar —murmuró e hizo una mueca.

—¿Pero no estáis acoplados? —inquirió Phelan abriendo los ojos.

Connor negó con la cabeza.

—Soy humano, Phell —suspiró—. Para ellos no soy mejor que tú. Sin ofender —Se apresuró a indicar Connor—. Lo que quiero decir es que para ellos somos inferiores. Tú no puedes cambiar durante la luna llena y yo tampoco. A sus ojos ambos somos escoria. Además, el padre de Lyall me odia.

—¿Padre? No sé porqué no me sorprende —replicó Phelan—. Lyall siempre ha sido su favorito. Cuando era pequeño se jactaba de la perfecta descendencia que tendría gracias a él. Supongo que el que se haya acoplado contigo no debe de haberle gustado un pelo.

Connor sencillamente asintió.

De pronto, las puertas de la residencia común se abrieron y un grupo de hombres salió arrastrando con ellos a otros dos, que acabaron tirados en el suelo. Connor y Phelan vieron de lejos lo ocurrido.

—Oh, mierda —exclamó Connor chasqueando la lengua.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Son Lope y Conall. Llevan intentando entrar en las asambleas desde hace años, pero vuestro padre, Lykos, se niega a admitir al hispano en la manada. Y como además, son incapaces de acoplarse, Conall tampoco puede unirse.

Phelan giró tan rápido la cabeza hacia su mejor amigo que tuvo suerte de no tener un tirón.

—¿Me estás diciendo que Conall y Lope son pareja?

—Si tu pregunta es si se están acostando, la respuesta es sí. Al parecer lo llevan haciendo desde los dieciséis —Phelan le miró de hito en hito[3]—. Si por el contrario lo que estás preguntando es si son una pareja destinada, lo desconozco. Aunque ellos insisten en que lo son. El problema es que su marca de apareamiento siempre desaparece.

—¿Desaparecer? ¿Es eso posible? —Se preguntó más para sí mismo Phelan.

—No tengo idea, Phell. Pero sea lo que sea, les está jodiendo.

Phelan observó cómo Conall tenía una discusión verbal con algunos miembros de la manada y cómo finalmente, Lope y él se daban la vuelta y comenzaban a caminar en dirección contraria. Con seguridad hacia la cabaña de Thamar, la madre de Conall. Cuando pasaron por delante de la casa de Connor, Phelan estuvo a punto de saludarles, pero algo le detuvo con la mano en alto. Su corazón comenzó a latir con rapidez y el mundo se paró. Un maravilloso e irresistible olor le rodeó. Y por primera vez en veintidós años, su lobo interior le habló y sólo dijo una palabra:

¡Parejas!



[1] Phelan se pronuncia [ˈfelən]. En castellano sería algo así como “filan”. De ahí “fenómeno Phelan”.


2 comentarios:

  1. Hola Ruby! Que bien va la historia, me gusta como se va desarrollando. Gracias y espero el siguiente capitulo con ganas. Besos

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¡Hola! Gracias por leer y tomarte un momento para comentar. ;)

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