jueves, agosto 30, 2012

Déjate capturar: Capítulo 3

¡Hola!

Por fin estoy aquí otra vez. He ido más lento en esta ocasión ya que la semana que viene tengo exámenes y hay que repartir el tiempo entre escribir y estudiar. Y probablemente el siguiente capítulo también se retrase un poco. Septiembre siempre llega cargado de responsabilidades cuando estás en la universidad. ;)

Pero ahora no pensemos en eso, ¡hay un nuevo capítulo! Espero que os guste tanto como los anteriores. 

Muchos besos.


Capítulo 3

Conall estaba cabreado. No, esa palabra no llegaba a definir lo enfadado e iracundo que se sentía. Quería pegarle un paliza a alguien, torturarle hasta que sangrase por cada orificio del cuerpo y después enterrarlo vivo. Bueno, tal vez no a alguien en general; a alguien muy concreto, o debería decir: a dos alguienes muy concretos. A su lado Lope gruñó un improperio y Conall no pudo estar más de acuerdo.

No alcanzaba a creer que se lo hubieran hecho de nuevo. Los echaron sin ni siquiera escucharles. No respetaban ni la figura de su madre, quién era la sanadora de la manada. Conall maldijo y dio una patada a una piedra que había osado ponerse en su camino. Odiaba Elwood por retenerle allí, odiaba a Silvester por ser tan chupapollas, odiaba a Lykos por odiarle a él sin razón aparente; pero sobretodo, odiaba a Marlowe, el alfa, por quedarse sentado en la sala común mirándoles con tristeza y sin hacer nada. Permitiendo que los lobos de Lykos los sacaran de allí como sucias bolsas de basura.

Aquella había sido la última vez. Conall iba a dejar bien claro quién era. Y si tenía que largarse de Elwood, se iría. Sabía que Lope y Lynn le seguirían allá donde decidiera llevarlos, no así de su madre. Ella insistía en querer quedarse. Las razones eran desconocidas por ahora. Pero si llegaba el momento, Conall se llevaría a su madre, quisiera ella o no.

De repente, Lope se dio media vuelta e hizo amago de correr hacia la casa común. Sin pensar, Conall se lanzó contra Lope y sujetando sus brazos, le inmovilizó. A pesar de que el hispano era sin duda más alto que su pareja, eso no impidió que éste lograse controlarlo. No obstante, Lope era un digno adversario y opuso resistencia, pero no toda la que cabría esperar. Lo que le dijo a Conall que muy dentro Lope sabía que no sería buena idea enfrentarse ellos solos a una manada completa.

—Suéltame —gruñó Lope.

—No, hasta que te tranquilices —replicó Conall—. Hacer una masacre no les hará cambiar de opinión.

Si los reflejos de Conall no fuesen tan rápidos, el hispano se habría escapado y con toda probabilidad habría hecho algo de lo que se hubiese arrepentido después. Pero no podía permitir eso. Lope era su mundo y no podía perderle. No sabía que haría sin él.

En muchas ocasiones pensaba en lo que habría sido de su vida si nunca se los hubiese encontrado en el bosque. Si nunca hubiese conocido a Lope o a Lynn. Ella era cómo un rayo de sol en un día de lluvia; era su querida hermana. Los tres habían formado piña desde que eran pequeños y los adultos de la manada se negaron a aceptar a los gemelos, a pesar de que su madre, Thamar, los había acogido bajo su ala. Por esa causa, Lope y Lynn eran considerados lobos solitarios y no les habían permitido ir a la escuela de la manada. Aún recordaba el momento en el que al enterarse, Conall se había levantado del salón de clases y se había reusado a volver hasta que los hermanos fuesen admitidos.

Había sido la última vez que pisó el parqué de la escuela.

Conall respiró, mientras notaba que Lope empezaba a recuperar el control. Dio un último apretón de advertencia y comenzó a aflojar su agarre.

—¿Cómo estás? ¿Crees que te comportarás si te suelto?

Lope asintió un par de veces y Conall le soltó. Sin embargo, permaneció atento a cualquier movimiento. El hispano sólo se frotó los antebrazos y sin apartar la vista de la casa común, cuyas puertas ya se habían cerrado, sonrió.

—Estás más fuerte, ¿has empezado a hacer pesas? —comentó burlón Lope girándose hacia su pareja.

Conall sonrió de vuelta, y acercándose a Lope le cogió del cuello de la camiseta y tiró hacia abajo, hasta que sus labios chocaron. Fue un beso rudo, áspero y rápido, pero fue suficiente para dejarles sin aliento.

—Nunca, ¿me oyes? Nunca te pongas en peligro estúpidamente. No lo valen —dijo Conall mirándole a los ojos.

Lope no habló, acarició las mejillas del otro lobo y le saboreó de nuevo. Conall le rodeó la cintura, metiendo las manos dentro de los pantalones de Lope y manoseando todo lo que encontró por el camino.

—Vámonos —dijo Lope y Conall le siguió.


Phelan dio un brinco. Su frente se llenó de sudor y un escalofrío le recorrió la espalda. No podía creerlo, su lobo le había hablado. ¡Se había manifestado! Todavía no podía creerlo. Tragó saliva. Y lo que era aún más extraño, había dicho “parejas”. En plural. Negó con la cabeza y se llevó una mano a la frente. A su lado, Connor frunció el entrecejo y le puso una mano en el hombro.

—¿Te ocurre algo?

—¿Qué? —preguntó Phelan desconcertado mirando a su alrededor. Y entonces asimiló la pregunta—. Eh, no. No pasa nada, sólo un leve dolor de cabeza.

Connor no pareció muy convencido, pero conociendo a su mejor amigo lo dejó pasar. Phelan era de los que hablaba cuando quería.

Phelan suspiró. No entendía nada. Nada en absoluto. Su mente seguía repitiendo la escena que se había desarrollado frente a sus ojos: Conall y Lope siendo expulsados de la residencia común, pasando por delante de la cabaña de Connor y su espíritu lobo conversando por primera vez para indicarle que ellos dos, ambos, eran sus parejas. Lo que carecía por completo de sentido, porque jamás había conocido a ninguna pareja de tres lobos. Phelan se frotó el ceño con dos dedos. Era demasiado para digerir.

—Tengo que irme —dijo de repente Phelan.

—¿Irte? ¿A dónde? —replicó Connor alucinado.

—No sé, necesito despejarme. Aclarar la mente. Pensar.

Phelan comenzó a bajar las escaleras, cuando le agarraron por el codo. Se giró y se encontró de bruces con el rostro serio de Connor.

—Sea lo que sea, estoy aquí.

—Lo sé.

Connor asintió y le dejó ir. Phelan no perdió el tiempo y corrió hacia su mustang. Iba a dar un largo, extenso paseo carretera arriba. Luego se pensaría si volver.

Por desgracia, cuando llegó al automóvil éste estaba rodeado por el grupo de Silvester. Phelan cerró los ojos y rezó a los dioses. ¿Por qué diablos no podían dejarlo en paz? Lanzó un bufido y se acercó a su coche, el cual, sorpresivamente, seguía intacto. La camarilla le observó sin moverse de su lugar. Dardos disparándose de sus iris. Intentó ignorarlos, pero tener cuatro pares de ojos clavados en su nuca no ayudaba.

Sacó las llaves de su bolsillo y entró. Puso en marcha el motor y se disponía a salir hacia la vía cuando escuchó:

—¡Más vale que no vuelvas!

Phelan no contestó.


No recordaba cuánto llevaba conduciendo, si horas o minutos. No importaba en realidad. Había llegado a la conclusión de que no iba a volver. No quería regresar. Iba a buscar respuestas, lógicamente. Él no era de los que se quedaban con dudas. Pero tenía muy claro que no quería formar parte de la manada. Hacía mucho que había desistido de ello.

Todos le habían hecho saber lo indeseable que era. Lo indigno de pertenecer al grupo sin que pudiese transformarse. Porque convertirse en su espíritu animal, en el mundo de los lobos era lo más importante. Tener un hocico, un lomo peludo y patas para correr significaba poder ser parte de los juegos durante la luna llena. Algo que nunca había tenido la oportunidad de vivir.

Mientras el resto de los niños sufrían su primer cambio alrededor de los ocho o nueve años y empezaban su andada en el mundo de las fieras, él se quedaba en la casa familiar observando cómo las familias danzaban juntas bajo las estrellas. En un inicio, los adultos del clan pensaron que se trataba de uno de esos casos que se retrasaba algunos años; pero cuando la mayoría de jóvenes de su edad empezaron a madurar y a encontrar sus parejas, y él continuaba sin sentir a su lobo, los problemas comenzaron.

No fue muy evidente al comienzo; eran pequeñas cosas cómo comentarios o gestos un poco malintencionados. Sin embargo, según fueron pasando los meses las muestras despectivas se multiplicaron hasta que llegó el día en que se negaron a incluirle en cualquier tipo de actividad dentro de la manada.

De modo que no se lo pensó y con apenas dieciséis, Phelan empacó sus cosas y se largó. Lykos ni siquiera se despidió de su hijo; su madre le abrazó y le dio unos ahorros que tenía guardados a escondidas de su padre. Su hermano, Lyall, fue el único que le siguió en su coche con la intención de hacerle regresar, para luego acompañarle hasta la estación de trenes más cercana y comprarle un billete hacia la universidad. Dónde sin decirle nada a ninguno había conseguido una plaza en la carrera de informática.

Su vida empezó en ese momento. Allí, en el lugar en el que nadie le conocía, se hizo un sitio. Forjó amigos y tuvo las juergas que no había disfrutado antes. Besó y se enamoró. Y por primera vez, se sintió parte de algo. Y de repente, el no poder cambiar no pareció tan importante.


Lope empujó a Conall contra la mesa de la cocina, se colocó entre sus piernas y descendió a buscar la boca de su pareja. Éste le agarró el pelo y presionó su músculo en el interior de la cavidad del hispano. Mientras comenzaban una lucha de lenguas, Lope empezó a tirar de la camiseta que cubría el torso de Conall con tanto ímpetu que la rompió. Se separaron en busca de aliento.

—Me gusta cuando te pones rudo —farfulló Conall con una sonrisa pícara.

—Aún no has visto nada.

Lope retiró con rapidez el trozo de ropa hecha jirones y forzó un nuevo y apasionado beso. Una de sus manos hizo su recorrido por el pecho de Conall, jugando con sus pezones, a la vez que la otra iba en busca del cierre de los pantalones. Los abrió con la soltura que le daba la experiencia y dejó el miembro de su compañero libre. Conall gimió cuando Lope le dio un buen tirón a su erección, dura como una piedra.

—¡Joder!

Lope no dijo nada. Estaba muy ocupado buscando el punto entre la clavícula y el cuello que volvía loco a Conall. Supo que lo había encontrado cuando su amigo dio un grito ahogado. Sonrió y se dispuso a dejarle una buena marca. Últimamente se sentía algo posesivo, cosa que no parecía molestarle a Conall, el cual gemía incontrolado.

—Te has vuelto muy dócil —dijo Lope travieso.

Conall le miró entornando los ojos, que de pronto se habían vuelto amarillos, y le gruñó. Bajó la mesa de un salto y cogiendo por el cuello de la camiseta a Lope le hizo quedar a su altura, en la que procedió a devorarle la boca. Luego le empujó. Ambos respiraban con dificultad.

—Desnúdate —ordenó con voz profunda Conall, su lobo cerca de la superficie. Lope sonrió y se quitó hasta la última prenda en cuestión de segundos. Conall se acercó al hispano y poniendo sus manos en los hombros le obligó a arrodillarse—. Utiliza esa linda boca, sumiso.

Lope soltó una risita, pero no tardó en obedecer. Sacó la lengua y comenzó a lamer de arriba abajo la polla de Conall. Sus manos acariciaron las piernas desde las rodillas al culo. Abrió los labios y tragó la cabeza del pene, y después continuó. Manoseó las bolas y llevó uno de sus dedos a la entrada de su pareja. Conall agarró el cabello de Lope y empujó, soltando un sollozo. Lope utilizó su lengua para recorrer la erección. Lamió, mordisqueó y besó todo a su alcance. El índice de Lope se introdujo entonces en el trasero de Conall y éste se corrió un par de sacudidas después. El hispano tragó.

Conall cayó de rodillas, suspirando aliviado. Sonrió a su compañero. Le retiró de la mejilla unas gotas de semen y se acercó en busca de un beso. Lope sabía un poco amargo. Sabía a su esencia. Conall manoseó los genitales de Lope y este gimoteó en su boca.

—Adoro tu lengua. Es prodigiosa —murmuró entre besos Conall.

—Sé cómo podemos darle un nuevo uso —comentó Lope y movió las cejas.

Conall amplió su sonrisa.

—¿Cama?


La autopista se abría paso desierta ante sus ojos. Aceleró. Siempre le había gustado la velocidad. Algunas veces, cuando aún era pequeño, soñaba con ser el lobo más rápido. Deseaba tener unas patas poderosas, como las del alfa, y así ganar a todos. Tal vez si hubiera sido de esa forma no habría tenido tantos problemas.

De improviso, una columna de humo surgió delante de sus ojos. Phelan entornó la vista tratando de ver de dónde salía la fumarada. No tuvo que esperar mucho. Justo en el costado derecho de la vía por la que conducía apareció el causante de la nube negra.

Un coche blanco de pequeñas dimensiones estaba aparcado con el capó abierto y con una figura femenina inclinada en el interior. Phelan frunció el entrecejo y paró el coche.

—Hola, ¿necesitas ayuda?

La figura femenina se giró y le miró. Lanzó un suspiro frustrado.

—Por favor.

Phelan asintió y avanzó con su mustang, estacionando detrás del vehículo. Se bajó y fue en busca de la muchacha. La encontró intentando tocar el motor con un trapo blanco enrollado en su mano. Cuando le oyó, se giró hacia él.

—No tengo ni idea de cuál es el problema —dijo quitándose de la cara un mechón de cabello castaño—. He mirado el aceite, el anticongelante e incluso la batería, pero es inútil. ¿Tú sabes algo de coches?

—¿Sinceramente? —preguntó Phelan con una sonrisa—. Absolutamente nada.

—Ya somos dos —dijo la joven y le sonrió de vuelta ofreciéndole la mano—. Mi nombre es Deeann Kelly. Pero mis amigos me llaman Dee.

Phelan alcanzó la suave extremidad de ella y el corazón le dio un vuelco. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Era más tenue que la vez anterior, mas estaba ahí. El aroma casi intoxicante lo envolvió. Observó los ojos miel de Dee y sintió como el nudo en el estómago, que había tenido desde que salió del pueblo, se disolvía.

—Phelan Bardsley. Puedes decirme Phell —Le guiñó un ojo.

Había encontrado una tercera pareja. ¿Los dioses se habían vuelto locos o es que estaba pasando algo y nadie lo sabía aún?

5 comentarios:

  1. LA VERDAD QUE TODOS LOS CAPITULOS QUE HE LEIDO ESTAN MUY BUENOS, MUY BUENA HISTORIA!!!! DALE PARA ADELANTE!!!

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  2. Muy linda la historia. Lastima que cortita y que quedo en lo mejor, esperaremos. Gracias

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  3. Hola...primera vez que visito tu blog, y de verdad que grata sorpresa... me encantó estos tres capítulos y la historia te agarra desde el inicio... Gracias por tu trabajo. Kat

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  4. voy ahora por el cuarto, si este fue bueno espero que el otro sea mejor

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¡Hola! Gracias por leer y tomarte un momento para comentar. ;)

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