martes, agosto 21, 2012

Querido, Príncipe

¡Hola!

Aquí estoy de nuevo. Y para empezar con buen pie, voy a publicar una pequeña historia que tenía por ahí guardada un buen amigo a quién se la regalé. Yo la había perdido, tisk, mea culpa.

El relato está basado en uno que hizo este amigo mío y que trata de unos cambiaformas gatos que tienen que visitar el mundo humano para conseguir pareja. Tal vez algún día le convenza para que la publique porque es muy bonita. 

Bueno, no os entretengo más. Aquí os la dejo, espero que os guste. 

Por cierto, las imágenes pertenecen al manga Love Neco. He dejado los créditos porque me parecía mal quitarlos. Ya sabéis el trabajo es el trabajo.


Querido, Príncipe 


            Si había algo que le gustaba a Swing, eso era callejear. Merodeaba por las calles en busca de trozos de pescado que la gente tiraba o para robar el bocadillo a algún transeute despistado. De vez en cuando, gustaba de sentarse a mirar a las parejas que paseaban por la acera o de dormirse en un banco junto a hombres con sombrero que leían el periódico.

Otras veces, solía ir a visitar a Fifí, la coqueta gatita de pelaje blanco que pertenecía a la dueña de la mansión de la esquina. O saltaba de tejado en tejado junto al alegre y saltarín Jingle, el gato de un músico que vivía en la azotea del piso nº 22. Pero sin duda, había una compañía que Swing disfrutaba más que cualquier otra: la de la refinada e intelectual Blackie.

Blackie vivía en la zona céntrica de la ciudad, justo delante de un parque. Su dueña, era una joven muchacha de nombre Marina. Trabajaba como traductora en una editorial, pero lo que a ella realmente le gustaba era escribir. Swing lo sabía porque, a veces, Marina les leía a él y a Blackie alguna cosa que tuviera escrita. Pero que nunca, nunca, intentaba publicar. Al principio, Swing creía que era porque Marina tenía miedo a que le rechazaran la publicación. Pero Blackie, que era más lista, había dado en el clavo: a Marina no le gustaban sus propias historias.

Según la gata, que la había oído hablar por teléfono con algún compañero de trabajo o alguna amiga, Marina siempre sentía que había algo que fallaba en el cuento: o no terminaba de ver el entorno o no encajaban los personajes o la historia no tenía trasfondo. Nunca se contentaba y cambiaba tantas veces los nombres de los protagonistas, los lugares donde se situaba la acción y la narración de la novela, que acababa por cansarse y la dejaba. Quedando olvidada entre los archivos de su ordenador junto a unas cincuenta más.

Swing no comprendía a Marina. A él le gustaba como escribía. Y podía constatar que a Blackie también, pues siempre escuchaba embelesada todo lo que le decía su dueña. ¡Ojalá también tuviera un dueño la mitad de bueno que Marina! A menudo, Swing envidiaba la suerte de Blackie. ¿Cuántos dueños te dejaban tumbarte a su lado en el sillón mientras veían la tele? ¿O te dejaban dormir con ellos a los pies de la cama? ¿Cuántos te cogían en brazos y te acariciaban sin importarles si dejabas pelo en su ropa? ¿Y cuántos te llevaban al veterinario al mínimo síntoma de malestar? Muy pocos según la experiencia de Swing, que no era poca.

***
           
Esa noche había tormenta. Se dirigía a toda velocidad al único sitio en el que sabía que le darían refugio.

Swing aterrizó sobre el alfeizar de una ventana. La lluvia golpeaba el cristal, mientras el gato de pelaje leonado esperaba fuera. Unos maullidos empezaron a sonar en el interior del piso. Blackie ya se había dado cuenta de su presencia, sonrió interiormente Swing.

―¡Oh, Dios mío! Swing, ¿qué haces ahí afuera?

Y Swing quiso contestar a la pregunta que Marina le hacía mientras le introducía en su casa y le secaba con la misma toalla con la que minutos antes ella se secaba el pelo. Cruzó una mirada con la gata. Blackie le observaba atenta, con sus ojos de color zafiro. Le advertía. “No podemos hablar con humanos, ¿recuerdas?”, decía su mirada. A la vez comprensiva y dolida. Swing agachó la cabeza y lamió la mano de Marina. Ella le dio un beso entre las orejas.

―Seguro que no has cenado nada, Swing. ¿Quieres un poco de atún? ―Un maullido y la contestación era inmediata―. Supondré que es un sí.

Swing la siguió a la cocina, con Blackie detrás.

***

Marina ya dormía. La tormenta continuaba tras la ventana. Y sonaban las doce. Blackie apareció deslizándose por el pequeño hueco que había entre la puerta y el marco. Una figura masculina y desnuda la esperaba sentado en el sillón. La piel cetrina, contrastaba con el cabello castaño y los ojos miel. Apagó la tele y la miró.

―¿No piensas transformarte, Blackie?

La gata se sentó, cual estatua egipcia y parpadeó varias veces. Movió los bigotes y abrió la boca. Y comenzó a cambiar. El cuerpo de la gata empezó a crecer, el pelo negruzco que la cubría se cayó. Las orejas picudas dieron paso a una melena morena hasta la cintura y los bigotes y la cola desaparecieron. Allí estaba, una estampa femenina con un rastro de pelo negro a sus pies.

―¿Me has echado de menos, hermanito?

La joven, también desnuda, se sentó al lado del otro muchacho. La piel casi traslúcida, unas curvas modestas y una sonrisa encantadora. Swing besó a su hermana en la frente.

―Por supuesto, Blackie. Mi preciosa Princesa ―Ella sonrió―. ¿Dónde crees que puede estar nuestro hermanito pequeño, Swing?

―A saber. Imagino que buscando refugio.

La chica asintió conforme. Se apoyó en el pecho de su hermano y suspiró. Éste la abrazó y se recostó en el sofá. Comenzó a pasarle los dedos por el pelo largo, liso y negro. Ella ronroneó.

―Cuándo aceptará un nombre, Swing? Porque sólo falta él. En cuanto se lo pongan tendremos que regresar.

―No lo sé, Blackie, no tengo la menor idea. Supongo que cuando sienta que es el adecuado ―La chica rió desde su posición―. ¿Cómo se tomarán Marina y tu estudiante que les llevemos a un mundo que no es el suyo?

Swing sonrió frente a la pregunta de su hermana.

―No sé cómo se lo tomará Sam, pero sí sé que tu Marina se sorprenderá mucho.

Los dos se echaron a reír.

***

A Swing le dieron el nombre por casualidad. Como es muy sociable y le gusta la gente humana, siempre intenta estar rodeado de pies.

Fue un día cualquiera de abril. Que como dice el refrán: en abril, lluvias mil. Pues bien. Swing, que por entonces aún no tenía nombre, paseaba tranquilamente por el parque que esta justo en frente de la casa donde más tarde se iría a vivir Marina. Saltaba de un banco a otro y curioseaba lo que hacía la gente. Se metía entre los periódicos y sus dueños, les robaba algo de comida a los que hacían picnic y jugaba con los niños a la pelota. Los mayores sólo reían, un gato con un pelaje tan suave y tan bien cuidado… ¡Bah! Debe ser de alguna vecina de aquí cerca. ¡Que suerte para Swing que a nadie se le hubiera ocurrido preguntar!

Y entre risas y jugueteos y robos de salchichas y saltos sobre periódicos, comenzó a llover. Y todo se acabó. Las madres cogieron a sus hijos de las manos y corrieron a casa o al coche donde les esperaban los maridos impacientes. Los hombres con periódico lo doblaron y lo usaron de paraguas, mientras se ajustaban las gabardinas y echaban a correr en busca de un taxi o de su auto. Las familias que hacían picnic hicieron un saco con el mantel y sin ni siquiera guardar la comida fueron yéndose hacia la salida del metro. Sólo una pareja de jóvenes se quedaron allí, en el parque, besándose y riendo. Swing los miraba, escondido bajo un banco. Hasta que ya la lluvia era muy fuerte y ellos también se fueron.

Allí se quedó Swing, mojándose el pelaje y las patas. ¡Qué desagradable sensación! Miró al cielo y una gota le cayó sobre la nariz y le hizo salir despavorido hacia un portal seco. Se agachó y se quedó quieto. El portero miró hacia el gato, pero no dijo nada y continuó como si no le hubiera visto. Al menos, todavía quedaban buenos samaritanos entre los porteros. Y entonces cerró los ojos y deseó que la lluvia cesara pronto.

Al cabo de un rato, el ruido de un coche le hizo abrirlos. Sus ojos color miel se encontraron siguiendo a un pequeño bulto que corría hacia allí envuelto en una trenca negra. Se irguió sobre sus patas, como movido por un resorte, pero permaneció en su sitio. La figura llegó al portal y se quitó el sombrero que llevaba. Saludó al portero.

―¿Cómo le va, Sto. Samuel? ¿Todo bien en la escuela?

El niño, de unos trece o catorce años, sonrió y se fijó entonces en el gato. Se agachó y lo acarició, luego entró en el portal con Swing detrás.

Subió en el ascensor, antes de que el portero pudiera cogerlo.

―¡Yo lo bajaré! ―le gritó el niño al portero mientras se cerraban las puertas, cuando éste exclamó que no se podían entrar animales de la calle.

El chico se agachó junto al gato y volvió a acariciarlo. Swing ronroneó y se dejó querer. Y sin previo aviso, el niño lo cogió en brazos y se lo metió entre las ropas.

―Así, nadie te verá ―dijo.

Traspasó las puertas del ascensor. Una alfombra color almendra recorría el pasillo. El gato podía sentir los latidos acelerados del niño, que corría hacia la puerta de su casa. Swing lamió la mano que lo sostenía e, inmediatamente, el chico pareció relajarse.

Llamó al timbre, le abrió una criada. Trotó de nuevo hacia dentro, sin dejar que la chica le quitara el abrigo ni los zapatos. Llegó a su cuarto, uno grande, de esos que tienen balcón. Dejó a Swing en el suelo y lo instó a meterse bajo la cama. Después llegó la criada y le riñó por haber ensuciado la casa con las suelas llenas de barro. Tras un rápido baño y un cambio de ropa, el chico regresó a la habitación. Encontró al gato en la misma posición y lugar donde le había dejado. Sonrió.

―Tú también estás solo, ¿verdad? ―dijo mientras lo subía a la cama con él y se lo ponía entre las piernas. Comenzó a acariciarle entre las orejas―. Menos mal que Mauricio te ha dejado estar en el portal. Es un hombre bueno, ¿sabes? Antes trabajaba en un gran hotel de cinco estrellas ―El rostro del niño se entristeció―. Pero se hizo viejo y le despidieron ―Hizo una pausa―. Yo hablo mucho con él ―continuó―, no tengo amigos, así que él me enseña y me cuenta cosas ―El niño frunció el entrecejo―. ¿De verdad se puede ser viejo a los 40? Porque mamá murió con treinta y dijeron que era muy joven para morir.

»Yo no la recuerdo, era muy pequeño cuando murió. Pero sé que era muy guapa por las fotos que tiene papá de ella ―El gato le restregó la nariz por la mano y después por el cuello. Ya había encontrado a su humano. Sólo tenía que esperar que le diese un nombre y que creciera un poco. El niño, llamado Samuel, rió alegre―. No tienes collar, por lo que no tendrás un nombre. ¿Te parece si te pongo uno? ―Como respuesta, el gato restregó su lomo en el pecho del niño. Éste paseó su mirada por la habitación, pensativo, hasta que se quedó mirando fijamente un póster que tenía colgado en la pared―. Te llamaré Swing, como la música que le gustaba a mamá.

Y a Swing le encantó su nuevo nombre.

El padre del chico no había permitido que Swing se quedase con ellos. Dijo que los gatos eran sucios y se escapaban en cuanto podían. De modo que entre lágrimas y llantos, el niño tuvo que dejar ir a Swing. Pero el gato no se fue muy lejos, todos los días por la noche iba a visitarlo y se quedaba a dormir con él. ¡Cuánto deseaba que el niño creciera rápido! Para podérselo llevar y hacerlo suyo. La espera fue lenta y no pocos los palos que se llevó. Pero dos años después obtuvo su recompensa, cuando se dejó ver con figura humana y se acercó a la cama de su joven amo. Al principio el chico se sorprendió y lloró al escuchar las palabras de quién lo conocía todo sobre él.

Swing sonrió cuando por fin pudo probar como sabían los labios de su querido príncipe Samuel. 


9 comentarios:

  1. Hola! Me ha encantado el relato! Espero el siguiente pronto! ;)

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  2. Hola tu relato es precioso, gracias por compartir! Mary

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  3. Hola me encanto el relato esta muy bonito, gracias por compartirrrrrrrrr besos

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  4. que relato mas lindo!! me encanto... gracias por compartir , espero que sigas escribiendo .

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  5. Que lindo tu relato, me encanto! Gracias por compartirlo. Besos

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¡Hola! Gracias por leer y tomarte un momento para comentar. ;)

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