jueves, octubre 18, 2012

Déjate capturar: Capítulo 4


Aquí estoy de nuevo, ;)

Este capítulo me ha costado más que los anterioresc-lo he reescrito al menos tres veces-,  porque me sirve de puente para empezar a contar los hechos importantes de la historia. De manera que tiene que tener ciertos aspectos. Espero haberlos cumplido. 

Como siempre digo, si veis que algo falla o que hay alguna falta ortográfica, no dudéis en decirlo, porque aunque yo repaso una y otra vez lo que escribo muchas veces puede que no me de cuenta de mis propios errores. 

Dentro de nada empiezan las cosas buenas, ¡así que a disfrutar se ha dicho! 


Capítulo 4

Dee observó de reojo una vez más al chico que conducía a su lado. El cabello rubio cenizo le caía sobre la frente en suaves rizos, enmarcándole el rostro. Los últimos rayos de sol hacían que su piel pareciera dorada y los cabellos destellaran como hilos de oro. Se tragó un suspiro. Sus dedos hormigueaban por sacarle una foto. O una cuantas, mejor dicho. Los ojos de color marrón oscuro le devolvieron la mirada y los finos labios sonrieron hacia ella.

—Entonces, ¿eres fotógrafa de bodas? —preguntó con curiosidad Phelan.

Deeann frunció el ceño sorprendida, un interrogante en su mirada. Recordaba haberle comentado que iba de camino al pueblo de Elwood, a la boda de Connor, pero en ningún momento había dicho nada acerca de la fotografía. Él señaló con su cabeza la mochila de ella y Dee comprendiéndolo, sonrió. Siempre olvidaba que en el lateral llevaba escrito “Fotógrafa de oficio, artista de corazón”.

—Oh, no —dijo Dee soltando una risita y negando con la cabeza—. Lo mío es la fotografía artística. Hago reportajes de boda para pagarme la universidad.

Él asintió y regresó su vista a la carretera. Silencio inundó el interior del coche. Dee miró por la ventana, nunca se le había dado bien hablar con la gente. Apenas tenía un par de compañeras de clase a las que podía llamar amigas. Siempre había jugado sola, ya que no tenía hermanos, de modo que se había acostumbrado a la soledad desde pequeña. Conocer gente era un reto para su persona. A su costado, Phelan carraspeó.

—Pero vas a hacer la boda de Connor, ¿no?

—Sí —afirmó Dee, entonces ladeó la cabeza hacia el muchacho—. Supongo que tú también vas a la ceremonia, ¿conoces a los novios?

—Uno de ellos es mi hermano —sonrió con melancolía Phelan—. Lyall.

—¿En serio? —preguntó sorprendida ella.

—Y Connor es mi mejor amigo.

—Oh, vaya —Dee arrugó la nariz en una mueca divertida y soltó algo parecido a una tos mezclada con una risa.

—Sí, lo sé. Es raro.

—Bueno, no sé. Tu hermano y tu mejor amigo. O es una broma o es cosa del destino —Dee hizo un par de aspavientos con las manos.

—El destino, ¿eh?

Dee le miró hincándose de hombros con las palmas hacía arriba, como diciendo ¿qué otra cosa puede ser? Él sonrió y ambos soltaron unas risitas. Entonces, el semblante de Phelan se tornó serio. Ella frunció el ceño y miró hacia delante, por donde ya se observaban los primeros tejados.

—Ya estamos llegando —avisó Phelan.

—Ya veo —dijo Dee poniéndose recta en el sitio, mientras observaba como se iban acercando las cabañas del pueblo.

De repente, se sintió nerviosa. Se pasó las manos por el pelo en una tentativa de arreglárselo y se colocó a su vez la ropa, comenzando a hiperventilar. Phelan se dio cuenta y sonrió, aparcando en la entrada del lugar.

—No tienes porqué agitarte. No son mala gente —dijo el joven, pero se lo pensó un poco y rectificó—. La mayoría de ellos.

Dee le miró extrañada, aunque no preguntó. Salió del coche en cuanto se hubo apagado el motor, contemplando su alrededor con ojos maravillados. El verde lo inundaba todo. Los árboles se alzaban orgullosos hasta el cielo y los pájaros cantaban en libertad. Respiró el aire limpio de contaminación y no pudo aguantarse más. Alcanzó su mochila, la abrió y sacó la cámara del interior. La encendió, colocó el objetivo gran angular[1] y comenzó a hacer fotografías.

Se olvidó del resto del mundo. Capturó el paisaje que se extendía delante de ella de cada forma que sabía. En vertical, horizontal, oblicuo. Todas servían. Dee adoraba dejarse llevar. Buscó con el visor una nueva toma y vio un nido en lo alto de una rama. Con rapidez cambió de objetivo a uno de largo alcance, enfocó y disparó. Un par de aves salieron volando un instante después. Dee miró la fotografía y sonrió.

Phelan se le acercó por detrás y carraspeó. Ella se volteó llevándose una mano al pecho.

—Me has asustado.

—Estabas muy concentrada —sonrió él avanzando hasta quedar a su lado.

El chico observó la foto en la pantalla de la cámara. Dee ese fijó entonces en que era un poco más bajo que ella. No importaba demasiado, pero le hizo gracia. Hacía tiempo que no encontraba a un muchacho que midiera menos de su altura, prácticamente desde que era niña. Phelan la miró de reojo.

—¿Siempre es así?

—¿Qué cosa? —cuestionó Dee, mientras apagaba el aparato y empezaba a guardarlo en la bolsa. 

—Bueno… —Phelan se rascó la cabeza en busca de las palabras adecuadas—. Me refiero a que pareces tan profesional… Para mi utilizar una cámara sería como intentar coger un bebé en brazos, no sabría por donde pillarlo.

Dee soltó una risotada y negó con la cabeza.

—No es para tanto, en realidad. —Le dio una sonrisa ladeada a la vez que se colocaba la mochila en la espalda—. Supongo que todo es cogerle el truco —añadió alzándose de hombros.

—En mi caso soy demasiado torpe incluso para eso. —El chico abrió el maletero para sacar el equipaje de Dee.

—Seguro que eso no es verdad. Todos tenemos algo en lo que somos buenos —dijo ella y le miró, mientras él cogía el segundo bulto y lo dejaba en el suelo, de forma que pudiera cerrar el coche.

Phelan lo pensó unos instantes.  

—Tal vez —Sonrió— Sí, puede que tengas razón.


Lope tarareaba. Hacía calor ese día. Se quitó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Lanzó un bufido. Aquellos días eran los peores, cuando hacía tanto bochorno que el trabajo costaba el doble. Pero no podía quejarse, el taller de reparación de coches iba viento en popa. A pesar de que Lykos, el padre de Phelan, se negaba a reconocerle como parte de la manada todo el pueblo le consideraba como uno más. Y cada vez que un coche se estropeaba, ¿a quién acudían? A él. De modo que no podía decirse que la tienda le hiciera rico, pero los ingresos eran suficientes para ayudar a Thamar en el mantenimiento de la casa.

Lope se pasó la mano por el pelo. Lo tenía pegajoso de la grasa que se le acumulaba en las manos. Se dirigió hacia el fregadero que tenía en una pared lateral, lo abrió y puso la cabeza bajo el agua. Aprovechó para lavarse los brazos y las manos, pero cuando al ir a secarse no encontró un paño limpio, se quitó su propia camiseta y la utilizó. Después la arrojó junto con el resto de trapos sucios. Escuchó unos pasos tras de él. Con seguridad era Conall.

—Conall, llegas tarde.

—Lo siento, pero no soy Conall.

Lope escuchó la burlona voz justo antes de que alguien le palmeara fuerte en la espalda. Se dio la vuelta y se vio inmerso en un abrazo de oso con un amigo al que hacía mucho tiempo que no veía. Al separarse, se observaron mutuamente. Aquel tipo era enorme. Le sacaba a Lope sus buenos diez centímetros y eso que él llegaba al 1.80 con comodidad. Tenía unos brazos anchos y unos abdominales que sólo podían ser un producto de gimnasio. El cabello pelirrojo oscuro estaba recogido en una coleta y sus ojos negros sonreían con un aire bromista.

—¡No me lo creo, Reed! ¡Estás aún más enorme que cuando te fuiste! —exclamó el hispano con una mano sobre el hombro del enorme joven—. ¿Pero de dónde has sacado esos músculos? ¡Pareces Arnold Schwarzenegger! —Ambos se echaron a reír cuando su amigo se puso a imitar posturas de culturismo.

—Tú no has cambiado nada. A no ser… —habló poco después Reed y acercándose al cuello de Lope, le olfateó—. ¡Sí, señor! Parece que alguien por fin consiguió lo que quería.

Reed le palmeó de nuevo y éste sonrió. El lobo parecía muy satisfecho de sí mismo, lo que le sacó una risa al hombre de melena roja.

—¿Por fin estáis acoplados?

—Eso parece, sí. Al menos la marca no ha desaparecido, como siempre ocurría las veces anteriores —explicó  Lope frunciendo el entrecejo—. Pero prefiero no pensar mucho en eso. Conall en cambio no deja de preocuparse.

—Tío, es el destino. Hace lo que le da la gana cuando le da la gana. No le deis más vueltas.

Lope suspiró.

—Sí, me temo que tienes razón —asintió—. Bueno, ¿y tú qué? —Esta vez fue Lope el que palmeó el brazo del otro—. ¿Qué tal tu vida? Aún no me creo que hayas regresado, ¿qué pasó con eso de no pisar nunca más Elwood?

—¡Hey, hey! Para el carro, amigo. Esas son muchas preguntas. Voy a necesitar tiempo para contestar a todo —Alzó las manos para contener la serie de interrogantes.

—El que quieras. Ahora mismo acabo de terminar mi último encargo.

Reed sonrió, negó con la cabeza y sacó una libretita de uno de sus bolsillos.

—Eso no es cierto, te he traído un nuevo coche para reparar. Es un escarabajo blanco descapotable —Lope elevó una ceja extrañado—. Está ahí afuera —dijo señalando con el pulgar la entrada del taller y volvió a mirar al papel—. Por lo que me ha dicho su propietaria, se le paró en mitad de la carretera. Ella vendrá en cuanto llegue al pueblo.

Lope entornó los ojos y le acusó con el índice.

—No me digas que fuiste tú el del email pidiendo trabajo.

—Culpable —Reed se hincó de hombros asomando una sonrisa pícara.

Entonces ambos se echaron a reír a carcajadas.

—Tío, no sabes cuánto te echaba de menos. Esto ha sido muy aburrido sin ti. Aquí todos están estreñidos —explicó moviendo las cejas Lope. Su amigo lanzó una risa baja—. De igual forma, sabes que te habría dado el puesto sin dudarlo, ¿verdad?

—Claro que lo sé, pero quería que fuera una sorpresa.

—Pues lo has conseguido, viejo —estaba diciendo Lope, cuando llamaron al timbre del taller.

En ese momento, el rostro de Reed se ensombreció. Lope captó un sutil cambio en la postura de su camarada. Una alerta sonó en su mente, pero volvieron a llamar.

—Tengo que atender. Debe ser un cliente. —Lope sonrió a su amigo—. Estás en casa.

Reed asintió y vio a Lope irse camino a la puerta. Suspiró, dejando ir la presión que se acumulaba en su espalada. Fingir siempre era difícil para él, que era como un libro abierto. Se llevó una mano a la frente para quitarse el sudor. No le había dicho a su buen amigo las razones de su vuelta, aunque tendría que contárselas pronto. Al fin y al cabo, él estaba involucrado.

Lope abrió y la claridad de la calle iluminó su silueta. Reed observó cómo la expresión del hispano cambiaba hasta tornarse en una de asombro. Frunció el ceño y caminó unos pasos para observar a quién estaba frente a Lope, aunque sin llegar a exponerse al extraño. El lenguaje corporal de su antiguo camarada había cambiado en segundos, un momento estaba tranquilo y al siguiente, más tenso que un alambre. Observó con más detenimiento, era casi… casi como si desease a la persona a la que miraba. Reed avanzó un poco más y en su marco de visión entró la figura femenina que tenía encandilado a Lope.

Era una muchacha de cabellos castaños y piel rosada. La luz brillaba en sus ojos de color miel, haciéndolos parecer dorados. La melena caía sobre sus hombros en suaves ondas enmarcando su rostro redondeado. El cuello, algo corto, precedía a un escote de canalillo generoso. Tenía curvas en los lugares correctos y Reed sonrió al ver cómo Lope miraba cada una de ellas. El hecho de que ella le llegara por la barbilla a él, la hacía parecer más encantadora. Reed siempre había pensado que una chica tenía que poder ser abrazada y rodeada por los brazos del ser amado, y no sabía por qué, pero tenía el presentimiento de que Lope estaba deseando eso y mucho más.

Lástima que el futuro no estuviera asegurado.

2 comentarios:

  1. esto va genial, porfa sigue que nos tienes en ascuas por saber que pasa ahora, me gusta!!!!

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¡Hola! Gracias por leer y tomarte un momento para comentar. ;)

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