viernes, agosto 21, 2015

Déjate capturar: Capítulo 15

Sí, lo reconozco, ha sido una pequeña putada haceros esperar tanto. 

Pero en mi defensa diré que el capítulo 15 lo publiqué en Wattpad hace tiempo y el 16 está colgado desde ayer. Y que si no lo he hecho aquí, ha sido porque no he tenido oportunidad. 

Bien, poco más tengo que decir. Han sido unos meses regulares en los que a penas ha escrito nada y a finales de julio me fui de vacaciones, lo que significa nada de internet, pero os debía un par de capítulos, así que los voy a publicar entre hoy y mañada. 

Que los disfrutéis, y lo siento por la tardanza. 

Capítulo 15

Había una cabaña, en mitad de un pequeño claro de hierba verde y árboles altos. Estaba hecha de madera oscura, tal vez cedro o nogal, con una puerta y dos ventanas en la parte delantera. Unos escalones llevaban a un pequeño porche frontal, con un columpio en uno de los laterales. El ambiente era tranquilo, sosegado, como si allí no pasara el tiempo. No corría ni una brizna de aire, ni se escuchaba ningún animal, insecto o ave. Todo aparentaba estar paralizado. Excepto por el hecho de que las luces estaban encendidas y parecía haber alguien trasteando en el interior.

Surgieron de entre unos matorrales, caminando entre las sombras, acechando en la oscuridad. Se aproximaron en silencio, midiendo sus pasos, aguantando la respiración. Subieron los escalones como felinos cazando a su presa, colocándose en círculo frente a la puerta.

Y en ese momento, uno de ellos alargó la mano y… llamó al timbre.


Conall sostenía su cabeza entre sus manos, sentado en las escaleras de la cabaña. No dejaba de pensar, de rememorar como había ocurrido aquello. Cómo se había torcido. Hasta aquel momento todo había ido saliendo más o menos bien, pero ese instante había cambiado las cosas.

Oyó como alguien abría la puerta tras él y un par de pasos después, una mano se posó en su hombro.

—Ey, ¿cómo estás? —Phelan le sonrió al tiempo que se sentaba a su lado en el escalón y le tendía una taza caliente—. Es chocolate. Ace quería hacer café, pero Dee pensó que ya estábamos lo suficiente alterados, que un chocolate “calentito” nos vendría mejor.

Conall hizo un amago de sonrisa, rodeando la taza con sus manos y soplando al interior.

—Dee es demasiado buena con nosotros. Ni siquiera nos ha cuestionado ni una sola vez.

—Creo que es porque de alguna forma ella sabe. Lo nota, aunque no sea una cambiaformas —reflexionó Phelan mirando al cielo que empezaba a clarear.

—Está con él ahora, ¿verdad?

Phelan asintió posando sus ojos en él.

—Le ha estado cuidando toda la noche, Conall. No le ha dejado solo ni un segundo —dijo Phelan acariciando la nuca del lobo—. Se pondrá bien, es fuerte.

—No puedo seguir sin él. Yo no… no creo que pudiera vivir si él no está conmigo —sollozó Conall.

Phelan le retiró la taza antes de que cayera a la tierra, dejándola junto a la suya en el porche, luego llevó el rostro de su compañero a su pecho aprisionándole entre sus brazos.

—Shhh, estoy aquí, Conall. Yo te sostengo.


El interior de la morada lo componían cuatro habitaciones: la cocina, que hacía las veces de sala de estar y comedor; el dormitorio, el baño y una buhardilla.

Nada más entrar desde el porche, había una mesa redonda de madera clara con cuatro sillas alrededor. Los fogones, muebles de color blanco y electrodomésticos que componían la cocina llenaban la pared derecha, mientras que en la parte izquierda había un pequeño sofá verde oscuro de dos piezas y una estantería repleta de libros de géneros variados. Y justo encima, estaba la compuerta que daba acceso a la guardilla.

Deeann salió y cerró la puerta de la recámara tras ella con sumo cuidado, intentando no hacer ni un solo ruido. Apoyó la frente sobre la madera, respirando profundamente por primera vez desde hacía horas. No se permitió más que eso, alzó la barbilla y se dio la vuelta decidida a no derrumbarse.

—¿Cómo está?

Dee pegó un salto y miró con ojos acusadores al chico que la había asustado. El joven dejó escapar una risita acercándose a ella con un par de tazones en las manos.

—Lo siento. Estoy acostumbrado a estar en silencio.

—Desde luego has hecho de ello un arte.

Ace volvió a sonreír, invitándola a sentarse con él en la mesa de la cocina. Colocó la taza frente a su silla y se dejó caer en otra. Dee suspiró aceptando la oferta.

—Entonces… ¿Lope?

—Está mejor —dijo ella tras dar un sorbo al chocolate recién hecho—. Le limpié las heridas y saqué las balas. Ahora está descansando, necesitaba dormir.

—Aún no me creo que os atacaran con balas de plata.

—Dímelo a mí —respondió Dee alzando las cejas—. Yo pensé que eso sólo ocurría en las películas.

—Ya, bueno, es evidente que no —contestó Ace dirigiéndose a la ventana que daba un lateral de la casa.

Dee le siguió con la mirada, todavía sin comprender del todo la situación. Se encontraban en aquella cabaña en mitad del bosque, cuyo dueño era Ace Cross, el único otro lobo superviviente de la matanza de la manada de Lope y Lynn.

Ace era alto, lleno de músculos y con la piel morena algo curtida por el sol. Sus labios gruesos sonreían con facilidad, mas ninguna de las veces se había reflejado en su mirada. La mandíbula era cuasi cuadrada y sus amplios hombros permanecían tensos en todo momento. Los ojos, de un gris plateado, analizaban cada cosa por minúscula o insignificante que pudiera parecer, y eran fríos, desconfiados. Alguien le había hecho daño. El suficiente para que viviera prácticamente como un ermitaño, alejado de todo y de todos. Por favor, si ni siquiera tenía teléfono.

La casa, por el contrario, era lo opuesto a su dueño. Estaba limpia, ordenada y olía a lavanda. Dee lo había notado nada más entrar porque era uno de sus aromas favoritos. Le había extrañado que un chico hubiera elegido ese olor, pero quizá aquello tenía una explicación y ella no era nadie para juzgar.

Se terminó el líquido, que bajó a su estómago aún caliente, para después dejar la taza sobre la mesa de la cocina. Lanzó un largo suspiro de cansancio y cerró los párpados, apoyando la cabeza sobre sus brazos colocados en forma de almohada. Respiró unas cuantas veces y se quedó dormida.


Dee podía escuchar el agudo sonido de las balas pasándolos muy de cerca. Se sujetó con toda la fuerza que pudo acumular en sus manos al cuello de Conall. En varias ocasiones estuvo a punto de caer, pero en todas ellas alguno de los otros lobos la volvía a colocar en su lugar. Aquello era más movido que un toro de feria.

Se atrevió a levantar levemente la cabeza para ver su entorno. El ritmo era frenético, Dee nunca había ido en nada tan rápido, más que correr parecían volar. Los matorrales y los árboles pasaban a tanta velocidad por su lado que apenas podía ver un borrón. Los disparos se intensificaron, estaban aproximándose a sus perseguidores.

Cuando empezó a escuchar gritos desesperados, supo que no faltaban más que unos pocos metros para alcanzarlos por fin.  Y tal vez, con un poco de suerte, los sobrepasarían sin que nadie resultase herido.

Pero había pensado demasiado pronto.

Sucedió en cuestión de segundos, a penas pudo procesar lo que estaba ocurriendo. Uno de los hombres que les hostigaban cogió otra arma, una bastante más pesada y con doble cañón, y la apuntó con ella. Dee abrió los ojos como platos. Debajo de ella, Conall aulló y se elevó en un salto para pasar al sujeto, intentando esquivar el disparo. El hombre, sin embargo, fue más veloz y apretó el gatillo justo cuando estaban pasando por encima de su cabeza. Dee pensó que se había acabado todo, pero un lamento llegó a sus oídos y no venía de Conall.

Al otro lado, Phelan arremetió contra las motos, mordiendo y gruñendo a diestro y siniestro, haciendo huir despavoridos al resto de los acechadores exceptuando al que había disparado.

Mientras avanzaban alejándose cada paso más lejos de él, Dee giró su cabeza y le echó un vistazo. El tipo se había quitado el casco y la máscara, y les observaba con una sonrisa diabólica acompañado de una mirada homicida en los ojos. Deeann jamás había visto a una persona que fuese genuinamente malvada, pero viéndolo a él supo que había conocido a un asesino en carne y hueso.

Al cabo de un tiempo, Dee dejó de intentar calcular el tiempo que llevaba en la espalda de Conall o la distancia que habían recorrido. En el transcurso de la pelea habían perdido una de las mochilas que portaban los lobos, de modo que ya sólo les quedaba la de ella y la que Phelan aún llevaba firmemente agarrada entre sus dientes.

Un parón inesperado la obligó a clavar sus uñas en el pelaje del Conall, para luego alzar la mirada sorprendida. Conall se tumbó permitiendo que ella bajara y cuando lo hizo, cayó de culo al suelo. Sus piernas a duras penas podían sostenerla, tenía los músculos agarrotados y los de sus brazos punzaban debido a las agujetas. Decidió no tentar a la suerte y permaneció unos minutos sentada hasta que sus extremidades se acostumbraron de nuevo a la gravedad.

Desde su posición, pudo observar, y en esta ocasión no desvió su atención, cómo Phelan y Conall se transformaban delante de ella de animales a hombres. Dos hombres magníficamente construidos. Desde luego, tenía una suerte del copón. No obstante, se percató de que Lope no estaba allí, pero vio como Phel y Conall corrían a un punto un poco más adelante. Dee estaba segura de que era muy probable que hubieran visto algo que ella no, después de todo, ellos tenían mejor visión que ella. Se levantó y adolorida se acercó hasta dónde estaban arrodillados.

No era algo lo que habían visto, era a Lope. Un Lope que sangraba a borbotones por un costado de su estómago y que se quejaba sin parar. Dee se agachó al lado de su cabeza, olvidándose por completo del estado de desnudez absoluto de los tres jóvenes.

 —¿Qué ha pasado? —preguntó acariciándole el pelo.

Phelan, encorvado sobre la herida, frunció el entrecejo.

—Ha recogido el disparo que iba dirigido a ti y a Conall.

—¡Lope, porqué! —gritó entonces Conall golpeando el suelo con su puño.

—Tú también lo habrías hecho —balbuceó no sin esfuerzo Lope.

—Shhhh, no hables —dijo Dee apartándole el pelo del rostro.

—¿Qué podemos hacer? No podemos quedarnos aquí y Lope necesita cuidados —expresó Phelan masajeándose las sienes con impaciencia—, esa arma era anti-cambiaformas, hasta que no le saquemos la bala no empezará a curarse. Le irá envenenando poco a poco hasta que…

Lope entonces murmuró algo, que sonó ininteligible en sus labios. Dee acercó su oído y pudo escuchar lo que decía.

—Está diciendo el nombre de Ace Cross. ¿Quién es Ace Cross?

En ese instante, Conall lanzó un suspiro aliviado, pasándose las manos por el rostro, negó con la cabeza y con una sonrisa socarrona se agachó a besar a Lope.

—Siempre jugando a ser el héroe —susurró y se incorporó mirando a sus otras dos parejas—. Ace vive cerca de aquí, nos esconderá un par de días, hasta que Lope se recupere.

—¿Estás seguro? No sabemos si es de fiar.

—Puedes estar tranquilo Phel —contestó Conall apretando su hombro—, Ace es uno de nosotros, y Lope y él se conocen desde pequeños, pertenecieron a la misma manada, antes de que yo encontrara a Lope.

Phelan abrió los ojos entendiendo lo que aquello suponía y asintió. Dee, aunque no había comprendido el intercambio, lo dejó pasar pues Lope le preocupaba más que otra cosa en aquellos instantes.

—Te pondrás bien, ya lo verás —dijo y se inclinó, besándole en la frente. 

3 comentarios:

  1. me han encantado,los tres capítulos que nos has regalado, ,y espero que no tardes tanto en volver.besos

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  2. Gracias por comentar, un beso. Y sí, eso espero yo también. ;)

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¡Hola! Gracias por leer y tomarte un momento para comentar. ;)

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